Saltillo volvió a aparecer en el mapa mundialista este junio de 2026, aunque no por un partido, una concentración o una figura del futbol contemporáneo. El periodista portugués Diogo Cardoso llegó a la ciudad persiguiendo una historia mucho más antigua. Mientras miles de aficionados recorrían México siguiendo a sus selecciones en la Copa del Mundo, Cardoso caminaba por calles, hoteles y rincones de la capital coahuilense buscando a un hombre que, para muchos, ni siquiera existe. Su nombre es Miguelito Carranza. O al menos así lo recuerdan en Portugal. La misión era sencilla en el papel y casi imposible en la realidad: encontrar alguna pista sobre el personaje que hace 40 años supuestamente desapareció con miles de dólares pertenecientes a integrantes de la selección portuguesa durante el Mundial de México 1986 . La búsqueda terminó en fracaso. En la columna que publicó para el diario Público, Cardoso relata cómo recorrió Saltillo intentando seguir el rastro del hombre al que generaciones de aficionados portugueses conocen como “el ladrón de Saltillo”. No encontró registros claros, tampoco testimonios concluyentes ni personas que pudieran señalar con certeza quién fue aquel personaje. Lo único que halló fue silencio. Miguelito seguía siendo un fantasma y quizá eso es precisamente lo que lo mantiene vivo. Porque mientras en Saltillo su nombre apenas provoca confusión, en Portugal forma parte de una de las historias más recordadas de la peor concentración mundialista que ha vivido su selección nacional. Todo comenzó en 1986, Portugal llegó a México con ilusión y con una generación de futbolistas talentosos encabezada por nombres que más tarde serían referentes del futbol luso. Sin embargo, la aventura mundialista comenzó a desmoronarse incluso antes de que el balón rodara. La concentración fue instalada en el Hotel La Torre, en Saltillo, elegido por su cercanía con Monterrey, sede de los encuentros del Grupo F. El viaje desde Europa había sido agotador y las condiciones que encontraron al llegar estuvieron lejos de lo esperado. Los jugadores se quejaron de prácticamente todo. Del hotel, de las canchas de entrenamiento, de la falta de privacidad y de la organización. El campo donde entrenaban presentaba desniveles y piedras; los medios de comunicación podían acceder con facilidad a la concentración; y la seguridad desplegada alrededor del complejo era tan excesiva que los propios futbolistas terminaron bautizando el lugar como “A Fortaleza”. La situación empeoró cuando surgió un conflicto económico con la Federación Portuguesa de Futbol. Los seleccionados descubrieron que su imagen estaba siendo utilizada en contratos publicitarios que generaban importantes ingresos mientras ellos recibían compensaciones que consideraban insuficientes. La tensión escaló rápidamente. Hubo amenazas de huelga, hubo negociaciones de emergencia, hubo entrenamientos con las camisetas volteadas para ocultar los logotipos de los patrocinadores. Y hubo una fractura interna que jamás logró cerrarse. Los periódicos portugueses bautizaron aquel desastre como el Caso Saltillo. En medio de ese ambiente de desorden apareció un personaje que con el paso de los años terminaría eclipsando incluso algunos episodios deportivos de aquel Mundial. Según los relatos que sobreviven en la memoria portuguesa, Miguelito Carranza era una especie de contacto local que realizaba favores para integrantes de la delegación. Algunos lo describen como un asistente cercano a la organización; otros, simplemente como un intermediario de confianza. Los jugadores necesitaban cambiar divisas y comprar productos electrónicos en Estados Unidos, aprovechando la relativa cercanía de la frontera con Texas. Reunieron una importante cantidad de dinero en efectivo y se la entregaron a Miguelito para que realizara las compras. Nunca volvió, los aparatos jamás aparecieron, el dinero tampoco y la historia quedó grabada para siempre. Con el paso de los años, Miguelito dejó de ser solamente una persona para convertirse en un símbolo. Cada vez que en Portugal se recuerda el caos de México 86, su nombre vuelve a surgir entre huelgas, derrotas, conflictos internos y oportunidades desperdiciadas. Y aunque nadie puede afirmar con certeza cuánto dinero desapareció o cuáles fueron exactamente las circunstancias del episodio, la anécdota ha sobrevivido durante cuatro décadas como una de las más curiosas del futbol mundialista. Portugal terminó pagando un precio muy alto por aquel verano mexicano. Después de debutar con una sorpresiva victoria sobre Inglaterra en Monterrey, la selección cayó ante Polonia y Marruecos para despedirse prematuramente del torneo. Al regresar a Europa llegaron las sanciones, las críticas y una profunda crisis deportiva que marcaría a toda una generación. Pero el tiempo hizo algo curioso, las derrotas quedaron archivadas en las estadísticas, las discusiones con la federación se convirtieron en capítulos de historia e incluso el Hotel La Torre desapareció del paisaje turístico de Saltillo tras cerrar sus puertas en 2010. Miguelito, en cambio, permaneció, por eso Diogo Cardoso cruzó el océano en 2026. No vino a buscar una cancha, un marcador o una copa, vino a buscar una leyenda y regresó con las manos vacías. Quizá porque Miguelito Carranza ya no habita en ninguna dirección de Saltillo. Quizá porque nunca dejó demasiados rastros. O quizá porque, después de 40 años de relatos, exageraciones y recuerdos compartidos, terminó convirtiéndose en algo mucho más difícil de encontrar que una persona. Se convirtió en un mito. Y los mitos, como descubrió el periodista portugués durante su visita a Coahuila, rara vez se dejan atrapar. Con información de Público 21415767