Comienzo
por reconocer
que no soy héroe
de capa
y relámpagos,
ni sabio
de antiguas
montañas,
ni portador
de luces
celestiales.
Entonces,
en el silencio
de una tarde
cualquiera,
me senté
a escuchar
al corazón.
Y descubrí
que soy
aquel hombre
que alguna vez
oyó que los niños
no lloran,
pero que,
ya adulto,
regó con sudor
y llanto oculto
los surcos
del camino,
para que el hogar
nunca olvidara
el aroma del pan,
la luz del aprendizaje
y la ternura del amor.
Hoy ellos saben
que las lágrimas
también son lluvia
que fortalece
el alma.
¿Qué es ser Papá?
Ser un hombre
sencillo,
hecho de barro,
latidos
y esperanza;
no ajeno al temor,
al viento
de las dudas,
a las caídas
ni a las derrotas.
Y, sin embargo,
haber convertido
cada tropiezo
en raíz más
profunda,
cada herida
en cauce
de paciencia,
y cada amanecer
en una nueva razón
para creer.
¿Qué es ser Papá?
Un tejedor
de destinos,
artesano
de preguntas,
viajero incansable
que cruzó la niebla
de lo desconocido
para sembrar
respuestas
en los ojos
de sus hijos.
Comprender
que los libros
abren ventanas
hacia otros cielos;
que el conocimiento
ensancha
el horizonte
del alma,
y que la libertad
florece primero
en el espíritu,
antes de hacerse
pensamiento
y corazón.
¿Qué es ser Papá?
Un guerrero
errante
que ha velado
noches enteras
escuchando
el murmullo
de la preocupación,
que ha sentido
propias
sus enfermedades,
sus caídas
y sus tristezas.
Pero también
ha celebrado
como suyos
sus triunfos,
sus risas
y sus sueños,
como quien
contempla
florecer
un huerto
que ayudó
a sembrar.
Ser columna
del hogar
ha transformado
mi existencia
en un cauce
de gratitud.
Me ha vuelto
un alma colmada
de gratitud
por acompañar
los pasos
que la vida
me confió.
Hoy,
y cada día,
procuro
ser mejor,
para seguir
alumbrando,
como antiguo
faro
frente al océano
del tiempo,
hasta
que el Creador
me llame un día
a navegar
hacia su luz
eterna.
Los amo.
Gracias
por enseñarme
el más hermoso
de los oficios:
ser papá.