Con la bendición de editores y ante la mirada inquisitora de mis creaturas, decidí reportear la catarsis urbana en el área de Reforma y Centro Histórico de CDMX con motivo del partido México-Inglaterra . Llegué sin gafete ni acreditación para captar el pulso de la gente sin las poses y posturas que cámaras y micrófonos potencian. La cosa era vivirlo como ciudadano, no como periodista. Me disolví entre la multitud buscando que la urbe hablara sola. Quise retratar a la ciudad y su gente alrededor de un Mundial que nos ha sacudido las entrañas, pero la invisibilidad es mito: en cada escena que atesoré y en cada apunte que he escrito, aparezco proyectado como ese niño colado que quiere salir a cuadro. Entiendo entonces que para narrar a la masa, hay que mimetizarse en ella. Esta metrópoli es un monstruo maravillosamente esquizofrénico y mi itinerario sabatino reflejó esa dualidad: me refugié en Bellas Artes para atestiguar La Revolución Diamantina, empatizando por medio del arte con la metáfora de la diamantina y la violencia hacia la mujer: imposible de ignorar y difícil de quitar. Adentro, la capital pareció levitar en introspección; al salir, el contraste fue brutal. La estela reflexiva se disolvió en un cosmos de camisetas verdes; la ciudad se quitó el gazné para respirar fritangas, caos y smog. El domingo, CDMX y yo volvimos a encaramarnos como viejos amantes que somos. Caminé temprano por la ruta recreativa valorando la oportunidad de andar por la principal avenida del país sin bocinazos ni tráfico. La ciudad quiso fingir que era un domingo ordinario, pero las gigantescas pantallas que evocaron a molinos se alzaban aguardando el silbatazo y contingentes de corredores lanzaban consignas del tipo “¿Y si sí?” y otras más pintorescas. Durante el día controlé las emociones y no permití que la bestia me tragara. Luego, el balón rodó. No tiene caso detenerme a analizar el resultado; para eso están los cronistas de fútbol, ellos tienen el rigor, yo ya no tengo ni voz. Acá, a pasos de banqueta, se habla de sentimientos porque la estadística es efímera, mientras las formas de procesar la pasión son eternas. Luego del silbatazo final, la catarsis me arrastró del Café Genova (mención honorífica aquí a todo su personal) hasta la glorieta del Ángel para cerrar este escrito. Por supuesto, el destino quedó a deber: no hubo aquella algarabía ni la multitud de gente que horas antes esperaba. Pero encontré algo valioso: el caminar del vencido que sigue mirando al frente. No espero que me lo creas, pero en el largo trayecto desde el Ángel al hotel, no escuché ningún lamento. ¿Explicaciones? Tal vez; los “hubiera” de rigor, esta vez sí fue penal y Raúl lo ejecutó; no hay villano al cual culpar. Era un mar de madurez sin abandonar la fiesta, una lección de civismo, un saber que esto es un juego, que Inglaterra jugó bien. No quise alargar la noche y me encerré en el hotel; intenté aclarar ideas para narrar mi encomienda, no supe ni qué poner. La ciudad vibraba en mí como lo hizo en el Ángel. No tuve esa fiesta grande que celebra el patriotismo, no vi a México imponerse en la cancha a un gran rival, pero sin sitio a la duda, una voz, la voz del niño del México ‘86 que de pronto se hizo adulto, me dijo sin concesiones que aquí es donde habría de estar para entender una cosa: que el estadio más vibrante del mundo no es aquel que tiene gradas, sino ese que tiene alas, en Paseo de la Reforma. Con la bendición de editores y ante la mirada inquisitora de mis creaturas, decidí reportear la catarsis urbana en el área de Reforma y Centro Histórico de CDMX con motivo del partido México-Inglaterra . Llegué sin gafete ni acreditación para captar el pulso de la gente sin las poses y posturas que cámaras y micrófonos potencian. La cosa era vivirlo como ciudadano, no como periodista. Me disolví entre la multitud buscando que la urbe hablara sola. Quise retratar a la ciudad y su gente alrededor de un Mundial que nos ha sacudido las entrañas, pero la invisibilidad es mito: en cada escena que atesoré y en cada apunte que he escrito, aparezco proyectado como ese niño colado que quiere salir a cuadro. Entiendo entonces que para narrar a la masa, hay que mimetizarse en ella. Esta metrópoli es un monstruo maravillosamente esquizofrénico y mi itinerario sabatino reflejó esa dualidad: me refugié en Bellas Artes para atestiguar La Revolución Diamantina, empatizando por medio del arte con la metáfora de la diamantina y la violencia hacia la mujer: imposible de ignorar y difícil de quitar. Adentro, la capital pareció levitar en introspección; al salir, el contraste fue brutal. La estela reflexiva se disolvió en un cosmos de camisetas verdes; la ciudad se quitó el gazné para respirar fritangas, caos y smog. El domingo, CDMX y yo volvimos a encaramarnos como viejos amantes que somos. Caminé temprano por la ruta recreativa valorando la oportunidad de andar por la principal avenida del país sin bocinazos ni tráfico. La ciudad quiso fingir que era un domingo ordinario, pero las gigantescas pantallas que evocaron a molinos se alzaban aguardando el silbatazo y contingentes de corredores lanzaban consignas del tipo “¿Y si sí?” y otras más pintorescas. Durante el día controlé las emociones y no permití que la bestia me tragara. Luego, el balón rodó. No tiene caso detenerme a analizar el resultado; para eso están los cronistas de fútbol, ellos tienen el rigor, yo ya no tengo ni voz. Acá, a pasos de banqueta, se habla de sentimientos porque la estadística es efímera, mientras las formas de procesar la pasión son eternas. Luego del silbatazo final, la catarsis me arrastró del Café Genova (mención honorífica aquí a todo su personal) hasta la glorieta del Ángel para cerrar este escrito. Por supuesto, el destino quedó a deber: no hubo aquella algarabía ni la multitud de gente que horas antes esperaba. Pero encontré algo valioso: el caminar del vencido que sigue mirando al frente. No espero que me lo creas, pero en el largo trayecto desde el Ángel al hotel, no escuché ningún lamento. ¿Explicaciones? Tal vez; los “hubiera” de rigor, esta vez sí fue penal y Raúl lo ejecutó; no hay villano al cual culpar. Era un mar de madurez sin abandonar la fiesta, una lección de civismo, un saber que esto es un juego, que Inglaterra jugó bien. No quise alargar la noche y me encerré en el hotel; intenté aclarar ideas para narrar mi encomienda, no supe ni qué poner. La ciudad vibraba en mí como lo hizo en el Ángel. No tuve esa fiesta grande que celebra el patriotismo, no vi a México imponerse en la cancha a un gran rival, pero sin sitio a la duda, una voz, la voz del niño del México ‘86 que de pronto se hizo adulto, me dijo sin concesiones que aquí es donde habría de estar para entender una cosa: que el estadio más vibrante del mundo no es aquel que tiene gradas, sino ese que tiene alas, en Paseo de la Reforma. 21982355