Por eso, no duda al pensar si repetiría la aventura. Si Monterrey volviera a recibir un evento de esta magnitud, se inscribiría otra vez. Su historia demuestra que una Copa del Mundo no solamente pertenece a quienes marcan goles o llenan las gradas: también se construye con las manos de quienes limpian, cocinan y trabajan durante la madrugada para que el espectáculo pueda continuar. “Me sentí muy emocionada porque pensé que no iba a ser aceptada” , recordó. La primera actividad fue un recorrido por todo el Estadio BBVA, inmueble al que nunca había entrado. La emoción fue doble: no solamente formaría parte de la operación de la FIFA , sino que conocería desde dentro uno de los estadios más reconocidos de Latinoamérica. Desde el inicio, el personal recibió indicaciones estrictas. No podía tomar fotografías ni videos, y tampoco debía mostrar su acreditación. El objetivo era mantener en secreto la apariencia del interior del recinto y preservar la sorpresa para los aficionados que acudirían a los encuentros mundialistas en Monterrey. El trabajo de Erika se concentró en la cocina. Antes de la llegada de los chefs, su turno era de 10:00 de la mañana a 6:00 de la tarde y consistía en realizar una limpieza profunda. Cuando el equipo quedó completo, durante dos semanas laboró de 2:00 de la tarde a 10:00 de la noche. Las jornadas más demandantes fueron las de partido: comenzaban a las 5:00 de la tarde y terminaban hasta las 5:00 de la mañana. Después de cada encuentro tenía un día de descanso. En la última semana volvió al horario matutino para dejar la cocina “al 100” . Los cambios de turno y las instrucciones eran comunicados mediante un grupo creado para el personal. Más allá del cansancio, el Mundial de Monterrey tuvo para Erika un profundo significado familiar . Cuando era niña veía los partidos junto a su padre y mantuvo esa costumbre con él hasta antes de su fallecimiento. Después de perderlo, dejó de encontrarle sentido a seguir la competencia y concentró su atención en el hogar. Trabajar en el Mundial 2026 transformó esa relación. Estar “del otro lado de la pantalla” le permitió dimensionar el esfuerzo de quienes sostienen cada encuentro y apreciar momentos que podrían parecer pequeños. También encontró historias personales entre sus compañeros y aprendió de quienes compartieron con ella la experiencia. “Vivirlo y trabajar ahí es otra manera de verlo; valoras más los momentos, por muy pequeños que sean. Aprendí mucho de la gente que me rodeó, porque todos tenían una historia detrás” , expresó. El entusiasmo de su hijo terminó de devolverle una pasión que parecía apagada. Él, también aficionado al futbol, se emocionaba al saber que su madre estaba participando en la Copa del Mundo. Para Erika, ese orgullo tendió un puente entre las tardes en que veía los encuentros con su padre y una nueva generación que ahora conservará su propia memoria del torneo. La experiencia no solamente le permitió descubrir cómo se trabaja durante un partido del Mundial, sino también recuperar el interés por el deporte que acompañó una parte importante de su infancia. Por eso, no duda al pensar si repetiría la aventura. Si Monterrey volviera a recibir un evento de esta magnitud, se inscribiría otra vez. Su historia demuestra que una Copa del Mundo no solamente pertenece a quienes marcan goles o llenan las gradas: también se construye con las manos de quienes limpian, cocinan y trabajan durante la madrugada para que el espectáculo pueda continuar. 22133018 22113501