Por Daniel Zovatto
La jornada electoral transcurrió con normalidad y tranquilidad en la inmensa mayoría del territorio nacional. Más allá de incidentes aislados y de menor entidad, Colombia volvió a demostrar que, incluso en un contexto de profunda polarización política, cuenta con una ciudadanía comprometida con la vía democrática y con instituciones capaces de garantizar el ejercicio del sufragio.
Tanto el Consejo Nacional Electoral como la Registraduría estuvieron nuevamente a la altura de sus responsabilidades. La organización de los comicios cumplió con estándares elevados de integridad, transparencia y profesionalismo, reforzando las cuatro condiciones esenciales de todo proceso electoral virtuoso: credibilidad en las reglas del juego, confianza en las autoridades encargadas de administrarlo, celeridad en la entrega de resultados y certeza sobre la voluntad expresada en las urnas.
El resultado deja varios hitos históricos.
Por un lado, el triunfo de Abelardo de la Espriella confirma el ascenso de una nueva derecha de corte más populista, confrontacional y radical que la representada durante décadas por el uribismo tradicional.
Por otro, la estrechísima diferencia entre ambos candidatos —la menor en la historia reciente del país: según el preconteo de sólo 0.96% equivalentes a 251000 votos— evidencia una Colombia dividida en dos bloques políticos de dimensiones prácticamente equivalentes. Pero con los datos del preconteo no hay de momento un ganador oficial. El nuevo presidente electo de Colombia surgirá solamente después de escrutinio.
La elevada participación electoral, cercana al 63.5% y la más alta desde 1998, constituye otro dato relevante. Refleja una ciudadanía altamente movilizada y consciente de la trascendencia del momento político.
Asimismo, confirma que la izquierda colombiana, lejos de ser un fenómeno coyuntural asociado exclusivamente al liderazgo de Gustavo Petro, ha consolidado una base electoral robusta y competitiva que la convierte en un actor estructural del sistema político colombiano.
Lo que emerge de esta elección es un nuevo mapa político. En la derecha se consolida un relevo de liderazgo desde Álvaro Uribe hacia Abelardo de la Espriella. En la izquierda, el respaldo obtenido por Iván Cepeda ratifica que este sector ha llegado para quedarse como una de las dos grandes fuerzas políticas del país.
Entre ambos polos, los partidos de centro —incapaces de competir con éxito ni en la primera ni en la segunda vuelta— podrían encontrar en el Congreso un espacio de influencia decisivo para la construcción de acuerdos y la gobernabilidad.
Cabe recordar que las elecciones para integrar el nuevo congreso tuvieron lugar el pasado mes de marzo y ninguna de las dos principales fuerzas políticas —ni la izquierda ni la derecha— tienen mayoría propia en ninguna de las dos cámaras del parlamento.
Los desafíos hacia adelante son considerables. La estabilidad política, económica y social de Colombia dependerá, en buena medida, de la capacidad de entendimiento entre estos dos grandes bloques y de la fortaleza de las instituciones para canalizar democráticamente las tensiones inevitables de una sociedad profundamente dividida.
La institucionalidad colombiana enfrentará la prueba de garantizar el pleno respeto al Estado de Derecho, preservar los contrapesos democráticos y asegurar que el ejercicio del poder se mantenga dentro de los límites constitucionales.
Todo indica, además, que la oposición tendrá una conducción dual. Si se confirman los resultados del preconteo, Iván Cepeda se convertirá en el principal líder de la oposición institucional desde el Congreso, mientras que Gustavo Petro probablemente conservará una capacidad significativa de movilización social y liderazgo político en las calles.
Si Cepeda y Petro lograr un buen entendimiento, aún quedando en la oposición, han acumulado tanto en la elección congresual como en la presidencial, un alto capital político para poder negociar con fuerza con el nuevo gobierno.
La interacción entre ambas formas de oposición será uno de los factores que marcarán el rumbo de la gobernabilidad colombiana en los próximos años.
Resumiendo: La elección concluyó y ahora viene un intenso escrutinio. El Pacto Histórico ha impugnado 33 mil actas electorales. Revertir una diferencia estrecha pero de 251 mil votos será una tarea titánica. Pero es importante que en este proceso de escrutinio se aclaren todas las dudas de manera que el presidente electo goce de plena legitimidad de origen.
Pero más allá de la decisiva dimensión electoral, el verdadero desafío comienza a partir del 7 de agosto: gobernar un país partido en dos mitades casi idénticas.
La magnanimidad de los vencedores y la responsabilidad democrática de los derrotados serán tan importantes para el futuro de Colombia como los votos depositados se encuentran este domingo en las urnas.
Ambos —gobierno y oposición— deben desescalar las tensiones, reducir la fuerte polarización y buscar los espacios de diálogo y los acuerdos necesarios que permitan asegurar que en Colombia caben todos.