Por: Rodrigo Aguilar Benignos, analista internacional y miembro del Consejo de Relaciones Exteriores de EE.UU.
Hasta hace 10 años, Guyana era uno de esos países que pocos podían ubicar en un mapa. Hoy, su nombre aparece en reuniones sobre seguridad energética, en los planes de inversión de las mayores petroleras del mundo y en la agenda de gobiernos como Estados Unidos, Brasil, China y Venezuela. Guyana no cambió, lo que cambió fue el valor estratégico que ofrece al mundo en el siglo XXI y el reacomodo de las influencias de potencias.
El punto de inflexión llegó en 2015, cuando ExxonMobil anunció el descubrimiento de uno de los mayores yacimientos de petróleo costa afuera de las últimas décadas. Desde entonces se han identificado más de 11 mil millones de barriles de petróleo y gas recuperables en el bloque Stabroek. La producción comenzó en 2019 y hoy ronda los 650 mil barriles diarios. De acuerdo con la Agencia de Información Energética de Estados Unidos, ésta superará los 1.3 millones de barriles al día antes de terminar la década, una producción superior a la de varios miembros de la OPEP. Por ello, el Fondo Monetario Internacional estima que Guyana registró el mayor crecimiento económico del mundo entre 2022 y 2024. Sería fácil reducir todo al petróleo, pero esta es una historia sobre poder.
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En pocos años, Guyana pasó de ocupar un lugar marginal en la política regional a convertirse en un activo estratégico para la seguridad energética. La guerra en Ucrania, la competencia por recursos e influencia entre Estados Unidos y China por la necesidad de diversificar las fuentes de suministro para estabilizar las cadenas de valor y asegurar su permanencia, hicieron que un país pequeño adquiriera un peso internacional desproporcionado respecto a su tamaño. La geopolítica ya no depende únicamente del territorio, la población o la capacidad militar. Hoy también depende de quién produce los recursos que sostienen la economía global.
Este cambio ayuda a entender por qué un conflicto fronterizo que llevaba décadas prácticamente congelado volvió a ocupar la atención internacional. Venezuela reclama desde hace más de un siglo el Esequibo, un territorio que representa cerca de dos terceras partes de Guyana. Mientras la zona tenía un valor económico limitado, el diferendo permaneció relativamente contenido, pero el descubrimiento de petróleo cambió por completo la naturaleza del conflicto. Hoy el caso se encuentra ante la Corte Internacional de Justicia, lo que parecía un conflicto histórico se convirtió en una pieza más del tablero geopolítico regional: mientras Estados Unidos fortaleció su cooperación en materia de defensa con Guyana, Brasil reforzó su presencia militar en la frontera norte para evitar una escalada y Venezuela aumentó su nivel de hostilidades.

Pero quizá el mayor desafío de Guyana no venga del exterior. La verdadera prueba será administrar una riqueza que llegó mucho más rápido que la capacidad de sus instituciones para procesarla. La historia está llena de países que encontraron enormes recursos naturales sin lograr convertirlos en desarrollo sostenible, la abundancia económica acompañada de instituciones débiles, niveles de alta corrupción y la dependencia de una sola actividad productiva son una receta de fracaso estatal.
Guyana todavía está a tiempo de escribir una historia distinta. Y esa es la parte que merece mayor atención en América Latina. Durante años miramos la geopolítica regional a través de elecciones, ideologías y cambios de gobierno. Esos factores son importantes, pero ya no explican por sí solos el nuevo mapa del poder. Hoy pesan cada vez más la energía, los minerales críticos, la infraestructura y la capacidad de dar certeza y consolidar cadenas de suministro. Países que durante décadas parecían periféricos comienzan a ocupar posiciones centrales, como Perú, porque concentran recursos que el resto del mundo necesita.
México haría bien en seguir de cerca esa transformación estructural en la región. No porque Guyana vaya a convertirse en una potencia regional, sino porque anticipa una tendencia que también alcanzará al resto del continente. La competencia por influencia en recursos energéticos, minerales estratégicos e infraestructura redefinirá el valor geopolítico de varios países latinoamericanos durante la próxima década.