Muchos Brasiles salen a votar este domingo

Por: Rodrigo Aguilar Benignos
Analista internacional y miembro del Consejo de Relaciones Exteriores de EE.UU.

Este domingo 4 de octubre, Brasil votará con una pregunta que admite millones de respuestas: ¿qué necesita proteger y qué quiere cambiar? Para algunos, será una ayuda que sostiene el hogar; para otros, el empleo, la seguridad o la posibilidad de llegar a fin de mes. Desde fuera, la jornada parece un duelo entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, entre izquierda y derecha. Desde la vida cotidiana, es una elección entre prioridades que no siempre encajan en esas etiquetas.

Esa distancia ayuda a entender por qué proyectos cuestionados siguen encontrando respaldo. The Economist ha presentado la contienda como una oportunidad perdida para enfrentar problemas persistentes, entre ellos el gasto público y la corrupción. La crítica merece atención, pero comprender al votante exige conectar las reformas que necesita el país con las certezas que busca una familia. Reconocer las limitaciones de un candidato, no impide apoyarlo por lo que promete preservar, corregir o evitar.

Lula da Silva, de 80 años, busca su cuarto mandato presidencial. Exdirigente sindical y figura histórica del Partido de los Trabajadores, representa la continuidad de una izquierda que coloca la protección social y la reducción de desigualdades en el centro de la acción del Estado. Su oferta combina experiencia de gobierno, inversión pública y la promesa de mantener y ampliar esas políticas.

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Foto de EFE.

Flávio Bolsonaro, de 45 años, llega desde una trayectoria principalmente legislativa: fue diputado estatal en Río de Janeiro durante cuatro periodos y es senador desde 2019. El candidato del Partido Liberal encarna el relevo generacional del movimiento conservador construido alrededor de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro. Propone reducir el aparato administrativo, contener el gasto y endurecer la respuesta contra la delincuencia. Ofrece un cambio de gobierno, pero también continuidad para quienes se identifican con el bolsonarismo.

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Foto de EFE.

Ambos cuentan con apoyos arraigados: sindicatos y movimientos sociales cercanos a Lula; liderazgos conservadores y sectores evangélicos afines a Bolsonaro. Gobernadores, empresarios y dirigentes locales contribuyen a movilizarlos. Sin embargo, las preocupaciones ciudadanas se cruzan. Quien depende de una ayuda social puede sentirse atraído por una promesa de mayor seguridad; quien comparte valores conservadores puede exigir mejores hospitales públicos. Confiar en un candidato para resolver un problema no implica confiar en él para resolver los demás.

El territorio añade otra capa. En el Nordeste, la protección social convive con demandas de empleo e infraestructura. En el Sur y las zonas agroindustriales, pesan la producción, el transporte y las condiciones para emprender. En la Amazonia, conservar el bosque se cruza con necesidades de mayores ingresos y disputas sobre la tierra. Son prioridades que se superponen, no fronteras rígidas. También, dentro de una ciudad cambian las experiencias de seguridad, salud y oportunidades según el barrio y su grado de desigualdad.

Por eso, ningún estado de ánimo describe al país entero. Conviven lealtades firmes, rechazos tajantes y decisiones pragmáticas. Habrá votos para defender conquistas, corregir fracasos o elegir el mal menor. Cada uno expresa una relación distinta del votante con la política partidista.

El nivel de participación será una clave para el resultado y permite leer esas diferencias de prioridades poíticas. Aunque votar es obligatorio para la mayoría de los adultos, la obligación no garantiza asistencia ni entusiasmo. Importará observar quiénes acuden y dónde, sin interpretar cada ausencia como indiferencia ni cada voto como adhesión incondicional al proyecto.

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Foto de Thandy Yung en Unsplash

Además de la Presidencia, Brasil elegirá gobernadores, diputados federales y estatales, y dos tercios del Senado. Si nadie obtiene la mayoría absoluta de los votos válidos , sin contar votos blancos y nulos, los dos candidatos más votados competirán el 25 de octubre. Pero este domingo ya quedará definido buena parte del poder con el que deberá intentar gobernar y negociar el próximo presidente. Ya que ganar la presidencia no asegura una mayoría legislativa dispuesta a impulsar su agenda: presupuestos, reformas y nombramientos exigirán acuerdos entre distintos intereses políticos y sociales, el nivel de gobernabilidad del país será resultado inmediato del domingo.

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Desde México conviene observar la elección de este domingo con esos muchos Brasiles y lo que cada uno espera de la elección en mente. La prueba democrática será garantizar el voto libre y respetar el resultado. El reto para el proyecto presidencial ganador vendrá después: convertir apoyos distintos en acuerdos para gobernar y responder también a quienes eligieron y esperaban otro futuro.