Por Rodrigo Aguilar Benignos, Consultor Internacional
Lula ganó su cuarta elección presidencial, por más de 4 millones de votos en la segunda vuelta. Ahora necesita acuerdos para financiar sus prioridades, sostener la inversión y cuidar los mercados de Brasil. La victoria da continuidad a su proyecto, pero enfrenta una oposición fuerte en el Congreso y diferencias comerciales con Washington. Cómo administre esas condiciones tendrá consecuencias para América Latina y México.
El Tribunal Superior Electoral (TSE) declaró la elección matemáticamente definida. En el corte del 25 de octubre, a las 21:21, con 99.83% de las secciones contabilizadas, Luiz Inácio Lula da Silva reunió 64.11 millones de votos, el 51.76% de la votación; Flávio Bolsonaro obtuvo 59.75 millones de votos, equivalentes a 48.24%.
En tres semanas, Lula revirtió la desventaja de la primera vuelta, cuando recibió 45.16% de la votación, frente al 47.03% ganador de Bolsonaro. La remontada muestra que el respaldo inicial del senador no bastó para ganar la segunda votación. Para explicar dónde cambió la competencia habrá que comparar la participación y los resultados territoriales. La victoria confirma el desenlace; sus causas requieren un análisis más detenido.
El día de la elección no transcurrió sin controversias. Según el Senado brasileño, ambas candidaturas solicitaron ampliar la votación tras reportar problemas de transporte. Cristiano Zanin, juez del Supremo Tribunal Federal, extendió el horario hasta las 19 horas donde las urnas seguían abiertas. El TSE aclaró que las secciones cerradas no reabrían y que retomaría la totalización después de esa hora.
Es importante señalar que, las candidaturas pueden presentar reclamos ante la justicia electoral, con pruebas y conforme a los requisitos de cada procedimiento. La controversia sobre el horario no anula por sí sola el resultado: el Código Electoral exige demostrar perjuicio para declarar nulidades; cualquier impugnación deberá resolverse por sus fundamentos y las pruebas que la sustenten.
Tras la victoria, empieza la negociación legislativa. El Partido Liberal (PL), al que pertenece Bolsonaro, tendrá la mayor bancada del Senado desde 2027, con 28 integrantes. Lula se verá obligado a construir acuerdos para aprobar su agenda económica y plan de gobierno. Su desafío será financiar compromisos sin deteriorar la confianza en las cuentas públicas: deberá definir prioridades, explicar costos y negociar con el Congreso las condiciones para ejecutarlas.
Washington representa otro frente significativo en términos de gobernabilidad. Lula mantiene diferencias comerciales con Donald Trump, aunque ambos gobiernos conservan canales de diálogo. En septiembre, ministros brasileños y el representante comercial estadounidense discutieron aranceles y otros obstáculos al intercambio. La elección confirma quién negocia del lado brasileño; los acuerdos siguen pendientes. Para los exportadores, sus resultados importan más que el tono de la relación presidencial.
Brasil solo puede negociar sin descuidar asu principal socio comercial, China, desde 2009 y participante estratégico en proyectos de infraestructura y logística. Esos compradores e inversiones sostienen actividades que el gobierno necesita preservar. La relación entre las dos potencias plantea decisiones concretas: una barrera comercial puede desviar compras hacia proveedores latinoamericanos; una restricción al financiamiento puede frenar proyectos.
Ahí se encuentra una parte del alcance regional de la victoria. Lula conserva una posición desde la cual Brasil puede negociar con ambos países; convertir ese margen en beneficios para América Latina exige incorporar proveedores, conectar mercados y conseguir recursos para proyectos compartidos. La interlocución brasileña tendrá valor regional si produce oportunidades que alcancen también a otros países.
México participa desde otra estructura económica, ya que su integración productiva con Norteamérica hace que el acceso al mercado estadounidense pese más en sus decisiones industriales. Brasil ofrece un mercado complementario, apoyado en acuerdos como el libre comercio de vehículos ligeros. Aprovecharlo exige evaluar demanda, costos logísticos y requisitos de acceso. Las negociaciones brasileñas con Washington y Pekín también pueden modificar la competencia por clientes e inversiones
La trascendencia del triunfo rebasa la remontada. En la mayor economía latinoamericana, Lula conserva el Ejecutivo mientras la oposición mantiene poder para condicionar sus decisiones. El equilibrio democrático exige respetar el voto, resolver los reclamos por las vías institucionales y reconocer esa distribución del poder.
Brasil necesita vender a China, negociar con Estados Unidos y financiar sus prioridades internas. Lula debe conciliar esos intereses mediante acuerdos. Para México, seguir esa negociación permitirá identificar mercados, socios y sectores donde aumentará la competencia. La importancia histórica de la victoria empieza en las urnas; su alcance económico dependerá de cómo gobierne.
Con información de López-Dóriga Digital